Bueno, viendo que no se anima nadie, y ante las veladas y lamentables amenazas de algún que otro “peregrino” con subir no sé qué tipo de material fotográfico, me lanzo a contar una de las mejores experiencias que he tenido en mucho tiempo: “mi Camino de Santiago”.
Coincido con Leo, repetiré, tal vez en bici la próxima vez. Viniendo de una región de Murcia tan desértica y con un paisaje tan árido resulta espectacular tener la posibilidad de caminar en solitario durante horas y horas bajo el cobijo de centenarios robles, de castaños, de riachuelos, de vacas… en definitiva, de auténtica naturaleza y de un paisaje de una belleza inimaginable. Y si encima esta experiencia la compartes con gente a la que quieres y con la que has pasado ya casi media vida… pues todo te sale redondo, para qué engañarnos.
De verdad que merece la pena atravesar pueblos donde apenas habitan tres señoras mayores, con atuendo cuasi medieval, cincuenta vacas en libertad y dos o tres perros pastores. Por desgracia, esta estampa tenderá a desaparecer, pero me vengo con la satisfacción de haber podido platicar con estas gentes tan amables y hospitalarias, que en un par de ocasiones me invitaron a pasar a su casa para darme agua y fruta, en uno de esos interminables tramos de bosque donde no aparecía fuente de agua alguna.
Además, gracias a los consejos de mis peregrinos, algo lloricas, pero a los que admiro profundamente, me he escapado de todo tipo de ampollas, si bien a la llegada a Cartagena sufrí alguna que otra tendinitis de menor importancia. Mentiría si dijera que no se me partía el alma cuando les veía esas caras de impotencia y sufrimiento. Han tenido una actitud admirable, a pesar de las pocas fuerzas físicas y morales que les quedaban. Fue por culpa de esas caras de sufrimiento por lo que me dejé la vida, vinate mediante, en que lo pasaran bien, se rieran… y en definitiva, se olvidaran de que al día siguiente les esperaban otros cuantos kilómetros más por delante.
Y hablando de vinate… que buenísimos momentos y risas nos ha proporcionado ese zumo de barrica. Sólo así se explica que, gracias a sus efectos, terminase propusiendo a Gina -trabajadora rumana de uno de los albergues- venirse a mi casa de Calblanque, donde supuestamente le iba a enseñar a hacer cemento y a arreglar fachadas… Asímismo, sólo por el efecto de alguna que otra caña se entiende que terminásemos hablando en Melide -pueblo final de etapa- con “bellotina”, una simpática extremeña que aseguraba tener abultada bellota en no sé qué lugar. A “bellotina” directamente la invité a trasladarse a Cartagena, donde gustosamente la iba a colocar en “decathlon”…
¡Y si no mi Rosa! Esa simpática taxista, y mejor persona, que nos llevaba de un lugar a otro con el cariño que sólo una madre sabe darte, aunque en el caso de Leo la rumorología –sólo la rumorología- llegó a especular sobre el tipo de cariño que “la Rosa” llegó a proporcionarle… ¡habladurías Leo!
Y como colofón… ¡Santiago! Qué emoción llegar a esa Plaza del Obradoiro… todo había merecido la pena, abrazo al santo… ¡y mariscada! El Clemen nos la debe… ¡si era el que más ilusión tenía con la mariscada! Ambientazo nocturno y universitario por la noche, albariño… ¡Y CIERRA ESPAÑA!
Para terminar, quisiera agradecer a nuestros seguidores su apoyo diario, al mismo tiempo que hago un llamamiento a “la madre de uno”, mi comentarista favorita, para que nos haga un post final o se reincorpore de nuevo a “entremochilas”, su casa.
Un abrazo muy grande a Leo, Clemente, Anik y Pato. Gracias por vuestra amistad y por haber compartido conmigo esta experiencia inolvidable… ¡que se repita!






































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